Los otros
Juan José Millás
SOY OTRO desde que tuve el accidente. ____ (posesivo) familia, mis amigos, ____ (posesivo) compañeros de trabajo, todo el mundo, en fin, sabe que mi coche dio cuatro vueltas de campana y que estuve hospitalizado cuatro meses -a mes por vuelta-, pero nadie advirtió los cambios que durante ese tiempo sufrió mi personalidad.
Recuerdo que al entrar en casa, aún convaleciente, ¬¬¬¬____ (pronombre átono, primera persona) sentí ajeno a aquel mundo doméstico. Guardaba alguna memoria de los espacios familiares, de la ternura que me habían inspirado mis hijos y de la indiferencia cariñosa que sentía, antes del accidente, por mi mujer. Pero todo ese cuadro se había transformado. El hogar, ahora, me parecía un compendio de todos los hogares; los hijos -sin llegar a resultarme molestos- eran seres ajenos a mi influencia y extraños a mi afecto; ____ (pronombre átono, se refiere a los hijos) contemplaba, en suma, con la curiosidad con que se observan los hijos de otros, estableciendo absurdas comparaciones con unos hijos imaginarios de cuyo (¿qué tipo de pronombre es?) carácter había llegado a sentirme orgulloso. En cuanto a mi mujer, he de decir que comencé a observar___ (pronombre átono, se refiere a la mujer) con la disimulada codicia del intruso.
De manera que cuando me llevaba a la cama el desayuno, después de que los niños hubieran ido al colegio, y me colocaba el termómetro para vigilar la evolución de mi temperatura, ____ (pronombre personal acentuado, se refiere al narrador) me sentía como un ser al que se le hubiera dado el raro privilegio de ocupar fraudulentamente la cama de otro hombre y los cuidados de una mujer ajena. Vivía, en fin, la rara libertad de gozar -sin culpa ni peligro- de una suerte de adulterio atenuado.
Qué vida. Todavía recuerdo cómo -al inclinarse sobre mí con la bandeja del café- se abría el escote de su bata, a través del cual me ofrecía sus _______ (imagine) con una indiferencia enloquecedora, o cómo -al arreglar las sábanas- las puntas de su melena recorrían mis muslos solitarios. Pero tampoco olvido la naturalidad con la que se vestía ante mis ojos, haciendo comentarios casuales sobre el tiempo, sobre el recibo de la luz o sobre el raro color de aquellas frías mañanas de primeros de marzo.
Algunas veces, frente a tales escenas domésticas, y espoleado por un conflicto moral que no llegó a cuajar, sentí el impulso de confesar que yo era otro, al objeto de preservarla de mis miradas y de mis sentimientos. Pero de inmediato razonaba que no era inteligente desperdiciar esa rara oportunidad que me ofrecía la vida y que consistía -por decirlo de un modo esquemático- en contemplar lo cotidiano con una mirada diferente, limpia de cualquier desgaste y desprovista de toda sombra de inocencia.
Cuando _____ (pronombre personal acentuado, tercera persona, femenino, singular) se marchaba a hacer la compra, a eso de las doce, yo me incorporaba y salía de la cama con la agilidad de un cadáver, para mirar los rincones de mi casa y fisgar los secretos de mi propia existencia. Había en nuestro dormitorio un armario empotrado cuya parte inferior estaba llena de cajones en los que mi mujer guardaba su ropa interior, sus cinturones y pañuelos, pero también sus broches preferidos y, en fin, todas aquellas prendas íntimas y objetos que el uso había desgastado, depositando sobre ellos la sustancia que daba carácter a los rincones más oscuros de su cuerpo. Me complacía besar el tejido que el roce de sus ingles había deshilachado levemente o acariciar con la yema de los dedos aquella zona de sus sujetadores que estaba más próxima a la axila. A veces, me metía en la cama con uno de sus cinturones y jugaba con ____ (este pronombre tiene tilde) hasta alcanzar un grado de delirio que seguramente prolongó mi recuperación más allá de lo calculado por los médicos.
Sin embargo, y a pesar del gozo que tales extravíos daban a mi convalecencia, yo sentía un desplazamiento del deseo, un desplazamiento que iba de estos objetos al cuerpo que ellos poseían y que también yo quería poseer, aunque bajo determinadas circunstancias, porque es muy duro advertir que tu deseo no se refleja en la mirada de aquella persona de la que quieres depender. Y a medida que mi otredad crecía y mi salud se restauraba, mayor era también la necesidad que sentía de tenerla en mis brazos, no como mi mujer, que no lo era, sino como otra, tan invasora como yo de aquellos espacios domésticos que no eran nuestros.
Un día, cuando tras un examen minucioso me dieron de alta definitivamente, mi mujer consideró que debíamos ir juntos a la iglesia para dar gracias a Dios por mi recuperación. Eran las ocho de la mañana y en la iglesia no había nadie. Recuerdo el sonido multiplicado de nuestros pasos y el movimiento de su negra melena sobre la oscuridad circundante, poblada de ecos. Nos metimos en una capilla lateral, habitada por un santo del que éramos devotos, y encendimos tantas velas como huesos me había roto yo en el accidente. Después, nos miramos a la luz oscilante de las pequeñas llamas y ella me sonrió como nos suelen sonreír las mujeres de las esquinas en los sueños. Creí enloquecer; llevaba un jersey un poco desbocado que permitía ver el nacimiento de su cuello y adivinar la dulce depresión de sus clavículas. Alargué mi mano y acumulé todo el vacío del escote sobre su hombro derecho. Apareció entonces el tirante blanco de una prenda interior dividiendo la superficie de su carne con la delicadez de un vestigio casual, como la huella de un patín sobre la superficie de la nieve.
Ella se dejó hacer con una quietud provocadora tan novedosa como mi deseo. El olor a cera quemada aumentó mi trastorno. La atraje hacia mí y sin dejar de mirar sus ojos susurré:
-No puedo más.
Ella parpadeó y me dijo:
-Tampoco yo. Vamos detrás del altar.
Había allí un pequeño hueco donde reposaban los restos de un cardenal o de un obispo. Nos sentamos juntos sobre la lápida y observamos cómo nuestras sombras, proyectadas por la luz de las velas sobre la pared, se entrecruzaban y mezclaban formando maravillosas siluetas de amor. Entonces tuve un ataque de honradez y dije:
-Debes saber que yo soy otro.
-También yo -respondió con dulzura-; he sido otra toda mi vida, pero hace tiempo que renuncié a encontrar a otro y, ya ves, estabas a mi lado.
Desde aquel día somos muy felices. Lo que pasa es que no sabemos cómo decir a nuestros hijos que no somos sus padres. Porque ahora nos apetece vivir solos, aunque hemos proyectado tener hijos, pero más adelante. En cualquier caso, preferiríamos que fueran nuestros.
En fin.
(Juan José Millás nació en Valencia en 1946 pero se trasladó a Madrid con su familia en 1952. Publicó su primera novela en 1974 y desde entonces ha presentado más de treinta libros, entre ellos Papel mojado (1983), El desorden de tu nombre (1986), No mires debajo de la cama (1999), Dos mujeres en Praga (2002), Laura y Julio (2006). En el año 2007 ganó el Premio Planeta por su novela El mundo. El cuento de esta página pertenece al libro Primavera de luto, editado por Santillana en Madrid, 2001).
Seguramente necesites el diccionario más de una vez, si es que te interesa entender lo que leés. 1) Completar los espacios valiéndote de las referencias que doy; 2) Extraer cinco verbos referidos al narrador. ¿En qué tiempo, número y persona están? ¿Qué verboides les corresponden?; 3) Contar, en un máximo de ochenta palabras (tus palabras) de qué se trata el texto; 4) Extraer dos palabras agudas, dos graves y dos esdrújulas. Separarlas en sílabas, marcar la sílaba tónica, explicar por qué es del tipo que es, explicar la regla por la cual lleva o no lleva tilde; 5) Descansar.
Recuerdo que al entrar en casa, aún convaleciente, ¬¬¬¬____ (pronombre átono, primera persona) sentí ajeno a aquel mundo doméstico. Guardaba alguna memoria de los espacios familiares, de la ternura que me habían inspirado mis hijos y de la indiferencia cariñosa que sentía, antes del accidente, por mi mujer. Pero todo ese cuadro se había transformado. El hogar, ahora, me parecía un compendio de todos los hogares; los hijos -sin llegar a resultarme molestos- eran seres ajenos a mi influencia y extraños a mi afecto; ____ (pronombre átono, se refiere a los hijos) contemplaba, en suma, con la curiosidad con que se observan los hijos de otros, estableciendo absurdas comparaciones con unos hijos imaginarios de cuyo (¿qué tipo de pronombre es?) carácter había llegado a sentirme orgulloso. En cuanto a mi mujer, he de decir que comencé a observar___ (pronombre átono, se refiere a la mujer) con la disimulada codicia del intruso.
De manera que cuando me llevaba a la cama el desayuno, después de que los niños hubieran ido al colegio, y me colocaba el termómetro para vigilar la evolución de mi temperatura, ____ (pronombre personal acentuado, se refiere al narrador) me sentía como un ser al que se le hubiera dado el raro privilegio de ocupar fraudulentamente la cama de otro hombre y los cuidados de una mujer ajena. Vivía, en fin, la rara libertad de gozar -sin culpa ni peligro- de una suerte de adulterio atenuado.
Qué vida. Todavía recuerdo cómo -al inclinarse sobre mí con la bandeja del café- se abría el escote de su bata, a través del cual me ofrecía sus _______ (imagine) con una indiferencia enloquecedora, o cómo -al arreglar las sábanas- las puntas de su melena recorrían mis muslos solitarios. Pero tampoco olvido la naturalidad con la que se vestía ante mis ojos, haciendo comentarios casuales sobre el tiempo, sobre el recibo de la luz o sobre el raro color de aquellas frías mañanas de primeros de marzo.
Algunas veces, frente a tales escenas domésticas, y espoleado por un conflicto moral que no llegó a cuajar, sentí el impulso de confesar que yo era otro, al objeto de preservarla de mis miradas y de mis sentimientos. Pero de inmediato razonaba que no era inteligente desperdiciar esa rara oportunidad que me ofrecía la vida y que consistía -por decirlo de un modo esquemático- en contemplar lo cotidiano con una mirada diferente, limpia de cualquier desgaste y desprovista de toda sombra de inocencia.
Cuando _____ (pronombre personal acentuado, tercera persona, femenino, singular) se marchaba a hacer la compra, a eso de las doce, yo me incorporaba y salía de la cama con la agilidad de un cadáver, para mirar los rincones de mi casa y fisgar los secretos de mi propia existencia. Había en nuestro dormitorio un armario empotrado cuya parte inferior estaba llena de cajones en los que mi mujer guardaba su ropa interior, sus cinturones y pañuelos, pero también sus broches preferidos y, en fin, todas aquellas prendas íntimas y objetos que el uso había desgastado, depositando sobre ellos la sustancia que daba carácter a los rincones más oscuros de su cuerpo. Me complacía besar el tejido que el roce de sus ingles había deshilachado levemente o acariciar con la yema de los dedos aquella zona de sus sujetadores que estaba más próxima a la axila. A veces, me metía en la cama con uno de sus cinturones y jugaba con ____ (este pronombre tiene tilde) hasta alcanzar un grado de delirio que seguramente prolongó mi recuperación más allá de lo calculado por los médicos.
Sin embargo, y a pesar del gozo que tales extravíos daban a mi convalecencia, yo sentía un desplazamiento del deseo, un desplazamiento que iba de estos objetos al cuerpo que ellos poseían y que también yo quería poseer, aunque bajo determinadas circunstancias, porque es muy duro advertir que tu deseo no se refleja en la mirada de aquella persona de la que quieres depender. Y a medida que mi otredad crecía y mi salud se restauraba, mayor era también la necesidad que sentía de tenerla en mis brazos, no como mi mujer, que no lo era, sino como otra, tan invasora como yo de aquellos espacios domésticos que no eran nuestros.
Un día, cuando tras un examen minucioso me dieron de alta definitivamente, mi mujer consideró que debíamos ir juntos a la iglesia para dar gracias a Dios por mi recuperación. Eran las ocho de la mañana y en la iglesia no había nadie. Recuerdo el sonido multiplicado de nuestros pasos y el movimiento de su negra melena sobre la oscuridad circundante, poblada de ecos. Nos metimos en una capilla lateral, habitada por un santo del que éramos devotos, y encendimos tantas velas como huesos me había roto yo en el accidente. Después, nos miramos a la luz oscilante de las pequeñas llamas y ella me sonrió como nos suelen sonreír las mujeres de las esquinas en los sueños. Creí enloquecer; llevaba un jersey un poco desbocado que permitía ver el nacimiento de su cuello y adivinar la dulce depresión de sus clavículas. Alargué mi mano y acumulé todo el vacío del escote sobre su hombro derecho. Apareció entonces el tirante blanco de una prenda interior dividiendo la superficie de su carne con la delicadez de un vestigio casual, como la huella de un patín sobre la superficie de la nieve.
Ella se dejó hacer con una quietud provocadora tan novedosa como mi deseo. El olor a cera quemada aumentó mi trastorno. La atraje hacia mí y sin dejar de mirar sus ojos susurré:
-No puedo más.
Ella parpadeó y me dijo:
-Tampoco yo. Vamos detrás del altar.
Había allí un pequeño hueco donde reposaban los restos de un cardenal o de un obispo. Nos sentamos juntos sobre la lápida y observamos cómo nuestras sombras, proyectadas por la luz de las velas sobre la pared, se entrecruzaban y mezclaban formando maravillosas siluetas de amor. Entonces tuve un ataque de honradez y dije:
-Debes saber que yo soy otro.
-También yo -respondió con dulzura-; he sido otra toda mi vida, pero hace tiempo que renuncié a encontrar a otro y, ya ves, estabas a mi lado.
Desde aquel día somos muy felices. Lo que pasa es que no sabemos cómo decir a nuestros hijos que no somos sus padres. Porque ahora nos apetece vivir solos, aunque hemos proyectado tener hijos, pero más adelante. En cualquier caso, preferiríamos que fueran nuestros.
En fin.
(Juan José Millás nació en Valencia en 1946 pero se trasladó a Madrid con su familia en 1952. Publicó su primera novela en 1974 y desde entonces ha presentado más de treinta libros, entre ellos Papel mojado (1983), El desorden de tu nombre (1986), No mires debajo de la cama (1999), Dos mujeres en Praga (2002), Laura y Julio (2006). En el año 2007 ganó el Premio Planeta por su novela El mundo. El cuento de esta página pertenece al libro Primavera de luto, editado por Santillana en Madrid, 2001).
Seguramente necesites el diccionario más de una vez, si es que te interesa entender lo que leés. 1) Completar los espacios valiéndote de las referencias que doy; 2) Extraer cinco verbos referidos al narrador. ¿En qué tiempo, número y persona están? ¿Qué verboides les corresponden?; 3) Contar, en un máximo de ochenta palabras (tus palabras) de qué se trata el texto; 4) Extraer dos palabras agudas, dos graves y dos esdrújulas. Separarlas en sílabas, marcar la sílaba tónica, explicar por qué es del tipo que es, explicar la regla por la cual lleva o no lleva tilde; 5) Descansar.