Cuando se perdieron campo adentro, Justina comenzó a sollozar. [Primero lentamente y luego a corazón desbordado.]
Era como si una fuente ciega se le hubiera libertado y partido, ya libre para siempre. Después subió al sulky que la llevaba hacia el pueblo.Aquel día se encontró con una situación imprevista. Cuando golpeó la puerta salió a recibirlo una niña. Justina estaba enferma, pero no bien sintió los golpes ordenó a gritos:
—¡Anda criatura!. . . ¡Anda!.. .
Justina estaba acostada. La niña luego de abrir la puerta entró en la cocinilla y volvió con una taza que entregó a la mujer y allí se quedó mirándose los pies, tratando de salvarse de la presencia del hombre.
Era una niña de edad indefinible, delgada, de rostro pálido, menudo y alargado, de ojos grandes, de pelo lacio estirado hacia la nuca y rematado en una trenza fina como de arreador. Se desprendía del rostro una dulzura ya definitiva. Pesaba el silencio. Era casi insoportable ya, cuando Justina devolvió la taza a la niña. —Andate y te quedás no más. . . Apenas salió la niña, Justina empezó a informar a Montes:
—Tengo que irme al pueblo.. . ¿No ve que el doctor viene una vez por mes no más?... Fijesé esto ahora... La niña me la mandó la madre. . . Montes se sentía incapaz de hablar. Lo único que pudo decir, ya con el viaje de regreso en la cabeza, fue esto: —. . .Es una desgracia mismo. Ella pareció advertir la idea de regresar que apuntaba en Montes. Ordenó:
—Cébele mate a Montes m'hija. . .
Ya había sorbido él dos o tres mates cuando propuso:
—¿Por qué no la mandamo a lo del Turco a buscar salchichón y galleta? —No quiero que vaya a lo del Turco... Es un perdulario.. . Capaz de cualquier cosa... —Entonces voy yo.
Comía la niña frente a él, que iba cortando el salchichón y el pan, rodaja a rodaja. Lo hacía lentamente, deteniéndose a veces.
—Coma no má... Si no come va a ser flaquita toda la vida. El tono de la voz de Montes se había hecho lento y cariñoso. Parecía anegado de una dulzura que lo infantilizaba. Él, que era tan voraz, comía despacio, según observó Justina desde la cama. La luz del farol cayendo desde arriba le daba al cual una sencilla naturalidad que hacía feliz a la enferma.
La niña se fue a la cocina. [Montes se acercó a la cama.]
—¿No sabe Montes —preguntó Justina— que sabe leer y escribir como una maestra? —¿Sabe? —¡Sabe!.. . Parece mentira que me hayan entregado una criatura así.. . ¡Mire que hay cada alma! Montes percibió en la voz de la mujer una tristeza que lo penetró a él también. Dio dos o tres pasos enfrentando la puerta fondera y empezó a liar un cigarro. Le daba fuego cuando sintió los sollozos de la mujer. Lloraba suavemente.
[Se acostó en la cocina, pero no durmió.] Gastó tabaco toda la noche.
[Al amanecer se levantó y se lavó, dejándose caer el agua pecho adentro.] Se disponía a sacar el recado acercándolo al caballo para ensillar cuando se abrió la puerta. Justina lo llamó.
—¿Por qué no se la lleva Montes?... Usté precisa una hermana... Llévela que es una santa... Llévela, sabe leer.. . Sabe cocinar.
Él se había quedado callado, sin poder hablar. Sin poder decirle nada a aquella mujer que hablaba casi llorando, y que lo iba dejando débil, sin fuerza para irse, ni para hacerla callar, ni para hablar él, que ahora estaba pensando en el Turco, y la tristeza de los ojos de la niña, tan flaquita y tan dulce. —Bueno, bueno —dijo—. Callesé, pues... ¿No ve que a lo mejor viene ella y la ve?
[Él iba adelante, firme y solemne.] Más atrás la niña, en un petiso que apenas caminaba. Él se volvía de cuando en cuando y parecía hablarle.
Continuación del cuento “Hermanos” de Juan José Morosoli.
1- Obviamente, ahí está el diccionario para darle uso. 2- Explica, en un máximo de ochenta palabras, de qué se trata el cuento. (Compara lo que leíste con lo que habíamos dicho en clase). 3- Analiza los enunciados señalados. 4- Extrae cinco verbos en pretérito perfecto simple, cinco en pretérito imperfecto y los que encuentres en pretérito pluscuamperfecto.
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